miércoles, 30 de mayo de 2012
Felipe IV
Vieja friendo huevos
Velázquez
francisco zurbaran
Esta es la partida de bautismo del famoso pintor, que nació en un pequeño pueblo de Badajoz. Francisco de Zurbarán recibió las aguas bautismales en la iglesia de Nuestra Señora de la Granada en Fuente de Cantos, el día 7 de noviembre. Este manuscrito es también la primera noticia conocida del famoso artista, pues hasta la fecha no ha aparecido ningún legajo donde figure el día de su nacimiento.
Su padre, Luis de Zurbarán, un tendero y comerciante de especias, pide a su amigo el sevillano Pedro Delgueta Rebolledo que introduzca a su hijo en el taller de algún pintor de la ciudad de la Giralda, aunque se sospecha que antes pudo haber estudiado con un discípulo de Luis Morales en Badajoz. Al mes siguiente, en enero de 1614, comienza su aprendizaje, que dura tres años, con Pedro Díaz de Villanueva en Sevilla. El contrato entre ambas partes incluía, además de las clases de pintura, alojamiento y comida.
En este período, es posible que frecuentase el taller de Herrera el viejo y del maestro y futuro suegro de Velázquez, Francisco Pacheco. Zurbarán pudo conocer a Alonso Cano y a Velázquez en dicho taller. Mientras que respecto al primero no se tienen datos de que entablasen ninguna relación en esos años, parece que con Velázquez surgió cierta amistad, incluso se dice que pintaron juntos. El contacto entre ambos se interrumpe cuando en 1617 Zurbarán se establece en el pueblo extremeño de Llerena, cercano a Fuente de Cantos, y se casa en el mes de mayo con una mujer nueve años mayor llamada María Páez de Silices, hija de un zapatero.
A principios del año siguiente nace su primera hija, María. Su segundo hijo, Juan, que también va a ser pintor, nace en julio de 1620 y el tercer y último descendiente de este matrimonio es una niña llamada Isabel Paula, que es bautizada en julio de 1623. Sin embargo, a la par de la buena nueva, el artista pierde a su esposa, posiblemente, a causa del parto.
Felipe IV
Objetivo prioritario de su mandato fue restaurar el poder del trono, que había sufrido una merma considerable en el reinado anterior. Delegó su poder en el poderoso valido conde-duque de Olivares (1621-1643), con el fin de realizar un ambicioso proyecto de reforma que afectaba a buena parte de las instituciones. Su primera labor se centró en la Hacienda, en la que se intentó la recuperación de rentas enajenadas, el control sobre el gasto público, el ordenamiento y estructuración del sistema impositivo, etc. En el ámbito económico, se intentó importar el modelo mercantilista holandés y se presentó el proyecto de la Unión de Armas, cuya finalidad era ordenar y canalizar los recursos provenientes de los territorios periféricos, necesarios para mantener un ejército capaz de hacer frente a los conflictos abiertos y, de paso, establecer la periodicidad y seguridad de las entregas a la Hacienda real. El proyecto de reformas se completó además con las medidas moralizantes propuestas por la Junta de Reforma, entre 1618 y 1622. En 1624 la ideología reformadora se plasmó en el Gran Memorial, cuyas grandes líneas de actuación eran la consecución de una monarquía de corte administrativo, dominada por la eficacia, y la racionalización de las acciones de gobierno, encaminadas ahora hacia el cumplimiento de objetivos y con criterios puramente ejecutivos.
Sin embargo, diversos problemas darán al traste con el proyecto reformador. La cantidad decreciente de oro que llega al puerto de Sevilla entre 1619 y 1621, la oposición de la Cortes a los cambios en los impuestos, la oposición de las regiones a la Unión de Armas y el enfrentamiento de los consejos al Conde-Duque y a sus juntas, todo ello incidió para declarar la primera quiebra de la monarquía en 1627, tras haber conseguido dos grandes victorias militares en 1625 (Bahía y Breda). Además, la intervención en Bohemia en 1618 y la no renovación de la tregua de Amberes (1621), viciaron la política exterior y supusieron un quebradero más de cabeza para el gobierno de Olivares.
La situación se fue tornando de dramática a desastrosa. A pesar del beneficio que en primera instancia supuso la quiebra, por cuanto las primeras medidas - sustitución de los asentistas genoveses por portugueses, súbditos del rey, y deflacción de 1628- dieron su fruto y enjugaron algo el déficit, las medidas y acontecimientos siguientes resultaron nefastos. Así, entre 1621 y 1626 se procedió a acuñar moneda de vellón en exceso; a la carísima intervención en Mantua, siguieron las derrotas de Matanzas (1628), Hertogenbosch (1629) y Pernambuco (1630), con la pérdida de la primera. Las medidas no hicieron sino agravar la situación: la abolición de los millones por parte de Felipe IV y el incremento excesivo del monopolio de la sal en 1631 provocaron la rebelión en Vizcaya (1631-1634); los proyectos de reforma quedaron definitivamente aparcados, instalada la monarquía en un esfuerzo bélico que implicaba a todos los territorios y que consumía los escasos recursos de la Hacienda. En 1635 se inicia la guerra con Francia, un costosísimo conflicto que ahondará la crisis de la monarquía, obligada a recurrir a la venta de regalías y patrimonio de la Corona, al papel sellado (1636), a donativos y valimientos, y a la utilización de las Cortes para aumentar los servicios. La acuciante necesidad de fondos incrementa, además, la presión sobre una nobleza ya endeudada, sobre la que recaerá la leva de tropas y la defensa del reino, mientras que es alejada de la Corte por Olivares.
Si bien el desarrollo de la guerra fue en principio exitoso (Nordlingen, 1634; Fuenterrabía, 1638), las medidas tomadas para sufragarla provocaron las revueltas de catalanes y portugueses (1640) y costaron el puesto a Olivares (1643). En su lugar, se formó un gobierno de emergencia, tutelado por Felipe IV, quien ya no volverá a dar el mismo grado de poder a ningún valido. A pesar del cambio de gobierno, los problemas continúan. La guerra prosigue y con ella la excesiva presión fiscal, que dará lugar a una nueva quiebra en 1647. Las malas cosechas, además, provocarán revueltas en Castilla (1647-52 y 1655-57) y Nápoles (1647). La guerra con Francia se había vuelto insostenible, por lo que se decide un cambio de política (paz de Munster, 1648; paz de los Pirineos, 1659). La caída de Barcelona en 1652 permitirán al rey recuperar parte del prestigio y confianza perdidos y le facultarán para intentar en los últimos años de su reinado la recuperación de Portugal (Elvas, 1658; Vila Viçosa, 1665). Falleció el 17 de septiembre de 1665, dejando tras de sí una monarquía en profunda recesión y crisis y con su autoridad fuertemente cuestionada por nobles, ciudades y regiones.
La Plaza Mayor de Madrid
En el año 1617 Felipe III encargó la finalización de las obras a Juan Gómez de Mora, que las acabaría en 1619. Casi treinta años antes se erigió en su parte norte el primer edificio de la plaza, la Casa de la Panadería, obra de Diego Sillero.
Contaba con estancias para los reyes en la planta principal y venta de
pan en la planta baja. Frente a ella y en la parte sur de la plaza, la Casa Carnicería, para la venta de carne. Ambos edificios singulares han conocido destinos diversos en su historia.
La plaza ha sufrido varios e importantes incendios. El primero de
ellos en 1631, siendo el propio Diego Sillero el encargado de su
reconstrucción. El más importante ocurrió en 1790 y destruyó casi la
mitad de las edificaciones; Juan de Villanueva sería el
encargado de su reconstrucción en este caso. Se procedió al cierre de
las esquinas, abriendo arcadas de acceso y rebajando la altura de sus
casas de cinco a tres alturas. Las obras se prolongaron mucho tiempo,
muriendo Villanueva entre tanto y continuando la reconstrucción sus
discípulos hasta su finalización en 1854.
La plaza ha sido escenario de muchas de las páginas de la historia española, desde las fiestas por la beatificación de San Isidro en 1620 hasta las proclamaciones de reyes, autos de fe o ejecuciones, sin olvidar las fiestas de toros y de cañas.
En 1848, Mesonero Romanos solicitó a Isabel II
la colocación en Plaza Mayor de una estatua ecuestre del rey Felipe
III, que en ese momento estaba en la Casa de Campo y que era obra de Juan de Bolonia y de Pedro Tacca.
La Plaza Mayor también ha sufrido diferentes reformas a lo largo de
los años. La última de ellas aconteció en los años sesenta de la pasada
centuria. Se procedió al cierre del tráfico rodado y se creó un
aparcamiento subterráneo. En 1992 se llevó acabo una nueva decoración de
la fachada de la Casa de la Panadería, obra de Carlos Franco.
Las dimensiones de la Plaza son las siguientes: 129 metros de largo
por 94 metros de ancho. Cierra el rectángulo una casa de tres alturas
con doscientos treinta y siete balcones orientados a la Plaza y con
soportales sostenidos por pilares de granito. Estos soportales han
albergado numerosos comercios tradicionales. Actualmente predominan los
establecimientos de hostelería.
la incredulidad de santo tomas
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